martes, 24 de junio de 2008

No era carnaval...








A veces sin ser carnaval, parece.
Así me pareció hace un tiempo, una noche, en aquella ciudad donde las que se disfrazan no son las personas. Las que se adornan, engalanan, iluminan y cambian son las calles.
Durante el verano, cada semana, un barrio diferente toma la misión de transformar las suyas.
La gente trabaja todo el año con el proyecto destinado a enloquecer su espacio de tránsito por unas horas.
Angostamente antiguos, los pasajes se transforman en los mundos más insólitos.
Todo el ingenio de sus habitantes, que no es poco, se concretiza en el diseño y puesta en escena.
Se organizan largos tablones donde los vecinos comparten su cena, todos juntos, disfrutando de los esfuerzos realizados para ganar el premio, gozando de las estéticas extrañas por ellos desarrolladas.
Una noche, hace algún tiempo, estuve sentada en una de esas mesas, argentinos en tierra no tan extraña, el vaso de cerveza fría en la mano, desesperada por fumar un pucho, ya que como buena recién llegada, no había encontrado dónde comprarlos.
Todo se solucionó cuando llegó Lucho al grupo y sacó los papelitos y la tabaquera para armar sus cigarros.
Me iba acordando de mi abuelo, ese tabaco perfumado con cáscara de manzana y le pregunté ¿no le ponés nada al tabaco para darle gusto? No, me dijo, e iniciamos la conversación hasta que no aguanté más y le pedí que me armara uno.
¿Me podrías decir dónde se venden los cigarrillos?
Las máquinas te los venden…me contestó, pero son caros.
Y a dónde están las máquinas, porque no he visto ni una, pregunté.
En los bares, me dijo.
Ya tranquila con la información , cerveza y pucho de por medio, y con la incomodidad el tabaco pegado en las comisuras de la boca, me dispuse a disfrutar de la visión incandescente, trasparente, brillante y movediza de cientos de botellas de agua mineral desflecadas y encastradas de diversas maneras que armaban el techo y costados de la calle, creando una atmósfera futurista y extraordinaria.
¡Iujuuu!. Extraordinarias vacaciones esas.
La silla humilde, plegadiza, de esas de madera, tan comunes y antiguas que podés encontrarlas en cualquier lado, me parecía excepcional.
Ya se nos unía Germán haciendo equilibrio con unos sándwiches de salchichas gigantes en las manos.
Fiesta bien de pueblo, en una ciudad grande, puerto polipoblado por gentes de todas partes.
Los vecinos seguían festejando en las mesas largas y llegando la medianoche, un grupo de músicos jóvenes y rockeros comenzaba a largar su repertorio desde la tarima armada en la esquina principal.
Antes de que se largara el bailongo, nos fuimos caminando despacio para asomarnos a otras callejuelas donde aparecían otros mundos: el país de las maravillas, el reino de las habas mágicas con sus vainas descomunales y flores luminosas,  los mensajes,  las banderas, mundos de duendes y de caballeros medievale…que tratábamos de fotografiar desde los ángulos que representaran  mejor esas puestas en escena callejeras.

Caminábamos ...sin apuro... dentro de ese carnaval de calles disfrazadas.
Vacaciones fabulosas. Esas sí que fueron vacaciones de verdad.
Flor sonreía, reflejando mi asombro en sus ojazos grandes y cálidos.
Tomados del brazo, transitábamos, refundábamos el Viejo Mundo… Conquistadores en reversa, los conquistados valientes y sin máscara, nos convertíamos, camino a casa, en la imagen de la felicidad.
Por las calles de Barcelona, representábamos a todos nuestros abuelos, emigrantes en regreso, reviviendo en nuestras risas francas, sobre nuestros zapatos gastados, de tanto caminar.