viernes, 18 de marzo de 2016

Venecia sin ti



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Si bien se encontraban en los grandes bailes o en los asaltos que se organizaban en la casa de algún amigo y ya estaban bastante entusiasmados ambos en esa relación, esa noche en el cumple de quince de Adriana, el sentimiento pareció enraizar profundamente en tiempos extraños e imperceptibles como los de las plantas al crecer o como los de las flores al abrirse.
Ella se había puesto su único vestido de fiesta, el de los quince, que estaba nuevo y era celeste con texturas de hilos plateados. El escote plano todo bordado en geometrías perfectas con cristales de roca, algunos como pequeñas lágrimas facetadas, otros como semiesferas preciosas de brillos transparentes.
El pelo largo batido en la cúspide de la cabeza y ondulado hacia arriba en las puntas, enfundado con el spray de laca.
Había empleado toda su mejor voluntad para arreglarse, y comprobaba el resultado al ver los efectos del resplandor sutil de su vestido en los ojos de su pareja.
Estos eran los ojos más cálidos, amorosos y asombrados. Tal vez - le gustaba pensar – los ojos más orgullosos de ella, que había visto en toda su vida.
Él también se había esmerado. El traje impecable, los gemelos de oro, la corbata angosta y oscura, y una capa invisible de perfume fresco y varonil.
La fiesta era especial, ni pocos ni muchos, todos amigos del alma en ese jardín cuidado con exactitudes.
Se sentaron en la gran hamaca y bajo su techo de lona y sin palabras, se juraron amor.
Luego, cuando Charles Aznavuor invitaba a bailar con los versos dulzones de “Venecia sin ti”, ella encontraba el hombro más perfecto para cerrar sus ojos y olvidarse del mundo al compás de la música.
Qué profunda emoción
recordar el ayer
cuando toda Venecia
me hablaba de ti…
El aroma tan exquisito de su cuello la impulsaba a pasarle suavemente la mano a contrapelo, acariciando su nuca cepillo, con el pelo cortado a la manera militar.
Todo se volvía increíble. Su perfume, su cercanía cada vez más pronunciada, mientras él le cantaba al oído con voz temblorosa y emocionada.
Brindaron con champagne rosado junto a la cumpleañera, entrecruzando copas, chinchines y felices cumpleaños…
Fiesta inolvidable de tanto amor naciente bajo el poderoso rocío de una noche de verano donde el tiempo parecía suspendido, con ganas de quedarse para siempre en ese momento de tierna juventud: juventud enamorada de sí misma y del amor.
Sin embargo, desde las flores del jardín los saludaba un duende cómplice murmurándoles el futuro no muy lejano...


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